El boli que se cae a las 7

El 28 de julio de 1914 Europa se convirtió en un «matadero internacional enloquecido». Así llamó Louis-Ferdinand Céline a la Primera Guerra Mundial en Viaje al fin de la noche. Veinticinco años después se desató una nueva demencia planetaria asesina. Por aquel entonces en España gobernaba un dictador que dormía con redecilla en la cabeza para mantener el orden de las cosas… o de los pelos. A Franco le gustaba Hitler y sus tropas. Tanto que contradijo la rectitud de las líneas y ordenó que los relojes españoles se alinearan con los alemanes en vez de regirse por el meridiano de Greenwich.

España, desde entonces, se convirtió en un país tardío. El dictador ordenó a las cadenas de radio emitir sus noticias propagandísticas a la hora de comer, 2.30 de la tarde, y la hora de cenar, 10.00 de la noche. En el resto de Europa, en cambio, en esos momentos iban ya por el fin de la digestión.

La dictadura se disolvió, pero el guiño a Hitler se instaló en el reloj biológico de los españoles. Las paellas a las 3.00 de la tarde, las siestas y las cenas al fin del día se han convertido en una de las señas de identidad y tópicos habituales de este país.

España, en sus horarios, efectivamente, es diferente. Y eso ha levantado una amplia literatura a favor y en contra, incluso en grandes medios internacionales. El pasado 17 de febrero The New York Times publicaba un reportaje titulado Spain, Land of 10 P.M. Dinners, Asks if It’s Time to Reset Clock (España, tierra de cenas a las 10 de la noche, se pregunta si es hora de reajustar el reloj). Al día siguiente Slate publicó otro artículo, a modo de respuesta, titulado Spain Shouldn’t Change Its Mealtimes. We Should Change Ours (España no debería cambiar el horario de sus comidas. Nosotros deberíamos cambiar las nuestras).

En España el debate surgió hace años. La Asociación para la Racionalización de Horarios (ARHOE) reivindica volver al huso horario que corresponde al país. La entidad afirma que este desfase horario se traduce en jornadas laborales que, en vez de terminar a las 5.00 o 6.00 de la tarde, como en la mayor parte de Europa, acaban a las 7.00, 8.00 o 9.00 de la noche. Y esto no solo supone reducir el tiempo de vida personal. La productividad también cae en picado. Decenas de estudios sostienen que los españoles trabajan más horas que la media europea y, sin embargo, son menos productivos.

La ARHOE declara en su manifiesto «que las jornadas laborales prolongadas perjudican la calidad de vida de los empleados y no son rentables para las empresas». Además, «la relación entre la dirección y el personal colaborador ha de estar sustentada en conseguir resultados y basarse en la confianza y el compromiso, y no solo en el cumplimiento estricto del horario».

Muchos piensan que pasar más tiempo fuera de la oficina aumenta la productividad de un empleado. Esto ocurre, sobre todo, en oficios relacionados con la creatividad, según Miguel Olivares, cofundador de La Despensa. En 2003 esta agencia de comunicación creó un invento llamado ‘El boli que se cae a las 7’. En las instrucciones decía: «Cuando se acerquen las 7 de la tarde, afloje la muñeca como si fuese a hacer el saludo de la Familia Real (…). En cuanto se caiga el bolígrafo póngase inmediatamente de pie, coja el abrigo y repita, en voz alta y de forma reiterada ‘Hasta mañana, hasta mañana’. Agache la cabeza y vaya directamente hacia la puerta. Si su superior inmediato intenta hablarle, despístele (sin dejar de andar hacia la salida) con mentiras del tipo: ‘Odio tener que llevarme trabajo a casa, pero en fin… Hasta mañana, hasta mañana’».

 

 

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La agencia enviaba este boli bic a otras empresas cuando empezaban a trabajar juntos. Era una forma decir que «si nuestros clientes viven mejor, nosotros viviremos mejor», especifica Olivares. «Queríamos hacer ver que todo lo que se vive fuera de la agencia ayuda a hacer mejor tu trabajo. La creatividad y las ideas crecen yendo al cine, visitando exposiciones y viendo otras cosas que no están dentro de la oficina».

Once años después, los bolis, en la mayoría del planeta, siguen sin caer a las 7 de cada país. «La situación ha ido a peor», indica el director creativo. «Hemos oído casos de personas que incluso han muerto en sus puestos de trabajo». Por eso hay que recuperar el boli. Aunque esta vez viene en versión avanzada. Dentro de una caja similar a la de los productos Mac hay dos bolígrafos. Uno con capucha roja y otro con capucha negra. Los dos se meten en un troquel metálico y el nuevo artefacto se introduce en un enchufe de la oficina.

¡¡ త ☣ ☠ !!

Los plomos saltan. No hay luz. Hay que irse a casa. Es una recomendación indicada en las instrucciones del boli: «Mejor que ser positivo es meter el bolígrafo que se cae a las siete en el positivo y el negativo».

«Sabemos que utilizando este invento puedes morir», advierte Olivares, «pero estar todo el día trabajando tampoco es vida».

Yorokobu 3 de Marzo 2014

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